viernes, 15 de enero de 2010

pasos


"... la tierra entera para besar tus pasos"

El día doce intentó sus primeros pasos. Pocos, titubeantes, asustados.

No es fácil eso de alzarse sobre los dos pies sin una mano al alcance. Es una proeza de equilibrio, una prueba de valor, un desafío al miedo y a la gravedad, una afirmación con el cuerpo y el alma ante el llamado del mundo.

El día trece no había modo de parar a la Pequña Otra. Del baño a la recámara, de la televisión a la cocina. Caminó todo el día agarrándose la barriga, entre maravillada y temblorosa. Enorme y diminuta, hambrienta de vida, hermosísima.

jueves, 7 de enero de 2010

nublado y frío


A veces, como en estos días, la Pequeña Otra no me quiere.

No se de que otro modo decirlo. No quiere estar conmigo, no quiere que le ayude, me ignora cuando le pregunto algo, hace a un lado lo que le ofrezco.
Mi cabeza trata de entender razones. Mi corazón se nubla y se oscurece y se pone más invierno que nunca. Y entonces estoy triste todo el día, de malas, mis manos se vuelven torpes y tiro todo, me tropiezo con los muebles, me vuelvo intolerante.

Me acerco a ella con temor a que me rechace o me alejo, y eso sólo empeora las cosas.
La extraño. Y me duele, me duele, me duele.
Y me siento culpable de que me duela.

Pienso en el Dios absurdo del Antiguo Testamento, ese que tan mal me cae y que ordena a sus creaturas que lo amen sobre todas las cosas, pues de otro modo cometen pecado. ¿Cómo se puede amar a alguien porque te lo ordenan? ¡Vaya Dios inseguro y necesitado!
Pero en estos días, de pronto lo comprendo. Quisiera decirle a la Pequeña Otra: ¡Amame! ¡Es una orden!

Mientras tanto, el mundo gris, nublado y frío. O como el paisaje aquel del Principito, ¿recuerdas Otro?