miércoles, 18 de febrero de 2009

a la orilla


Testigo solamente,
yo
de eso que entre tú
y tú

entre ambas

es y vuelve a ser y sigue siendo
y es de luz
de miel
de alas

testigo de los ecos de su canto
de su caracolito
de su espiral dorada

presencia yo, a la orilla de su fuente
y en el borde mismo
de la gota de ámbar

testigo
al que el reflejo de su encuentro
súbitamente
abraza

sábado, 14 de febrero de 2009

Lugares 1: las cantinas


Te confesaré algo, Otro. Casi ningún lugar me gusta tanto como las cantinas. No se de donde me viene esa atracción constante, pero basta que vea una para que desee entrar.
Ah, eso sí. Tiene que parecer cantina. Las mesas toscas con sus lugares para poner los vasos, el sonido del dominó y el cubilete, el fut en la tele, su barra grande y acogedora, los imprescindibles cacahuates, la botana generosa.
Hay en ellas un color especial que no existe en ningún otro lugar, algo entre desmadroso y eterno. Algo intemporal.

Cierro los ojos y vienen a mi memoria algunas. El Nivel, por supuesto, con su historia a cuestas y su acogedora sencillez que contrasta con la elegancia decadente de La Opera. El surrealismo polvoso de La Faena con sus toreros gays y su olor a orines, la pequeñez de la Puerta del Sol con sus nomás 130 años, El Gallo de Oro, por esos mismos rumbos. Y ya por otros lados, La Covadonga y sus viejos españoles, El Centenario de la Condesa –un oasis entre tanto lugar fresa-, La Guadalupana y sus aires de intelectual, El León de Oro, en la Escandón, La Reforma, y La Valenciana, tan cerca de casa, Los Caporales, en Querétaro, en el sótano de un billar, y cuyas paredes no tenían un solo espacio libre, llenas como estaban de antiguas bandejas de cerveza Superior, calendarios viejos y pequeños animales disecados, por no hablar de sus meseras. En ella, que olía tan mal me tomé unas cuantas con mi amigo Gerardo y hablamos de la vida, que es de lo que se habla en las cantinas. Y otras muy lejanas: el Zorba, en Cartagena, el Quitapesares en Sevilla, La Porrona en Granada y aquella pequeña en Ronda: El Lechuguita.

Las cantinas. Seguiría enumerando muchas más, Otro. Hay tantas. Pero ahora me retiro.
¡Me ha dado una sed!

viernes, 6 de febrero de 2009

El verdadero


La mera verdad, Otro, para héroes, sólo él.
No volaba ni era de acero, no corría como el rayo ni trepaba por los edificios, no era invisible ni tenía poderes sobrehumanos.
Tenía barriga, usaba suéteres de cuello de tortuga, enamoraba a las vedettes de moda y se agarraba a golpes con vampiros, marcianos, hampones, las momias de Guanajuato y mujeres lobo (por cierto conocí a una, de ojos verdes y cabello como el fuego, peligrosísima).

Y no era invencible. Tan es así, que ayer se cumplieron veinticinco años de su muerte. La muerte, ella si, la verdadera invencible.

Yo lo ví una sola vez, en persona.
Estaba ya viejo, subió al ring con cierto trabajo, la piel arrugada y con pellejitos.
Pero bastó para que pusiera un pie plateado en la lona para que toda la arena coreara una y otra vez aquello que dice: ¡Santo! ¡Santo! ¡Santo!

domingo, 1 de febrero de 2009

Ofrenda tercera


La pequeña Otra se adentra poco a poco en el asombroso mundo de los sabores.
Primero, la leche de mamá que sigue siendo su favorita. Luego, la avena, la zanahoria, el chayote, la pera, la manzana, el chicozapote, el mango, la dura corteza del bolillo, sus propios pies...

Todas estas posibilidades que apenas empiezan.
Desde esa nueva experiencia, las siguientes palabras...

Que sea en tu boca y para tu boca
el agua limpia y fresca en la mañana
el solidario pan recién horneado
la risa como un bálsamo de vida

no la Gran Verdad, sí la pequeña
palabras que defiendan al más débil
preguntas que construyan laberintos
y el vino
y los mangos
y los besos

un basta que se oponga a la injusticia
un no ante cualquier modo de dominio
un tú que sea el inicio de un nosotros
y más besos aún
y besos
y más besos

sábado, 17 de enero de 2009

Elizabeth Costello y las ranas


“¿Será este el momento en que le dicen que la puerta está destinada a ella y a nadie más que a ella, y que además el destino de ella es no cruzarla nunca?”

Me gustan los libros que me hacen preguntas sin darme respuestas, que me cuestionan y me inquietan. Libros que me descolocan y me hacen dudar.
“Elizabeth Costello”, la novela del escritor sudafricano J.M. Coetzee, me ha llenado de preguntas. Preguntas que se hace este entrañable y extraño personaje, esta anciana escritora, para las que no tiene respuesta. Como esa puerta que es sólo suya y por la que sin embargo, no podrá cruzar.

¿Hay libros que no debieron ser escritos nunca, libros que hacen daño a quien los escribe?
¿Qué efecto tiene en el alma de una persona pasarse la vida tallando una y otra vez la imagen de un hombre crucificado?
¿La firme fe o la belleza frágil?
¿Mostrar los pechos a un hombre moribundo puede ser un acto de caridad? ¿Hay algo más humanamente hermoso que los pechos de una mujer?
¿Nos envidian los dioses? ¿Miran secretamente nuestra entrepierna llenos de curiosidad y envidia porque vivimos con más ansia e intensidad que ellos?
Y sobre todo: ¿en qué creer? ¿en qué creo verdaderamente?

Elizabeth, la vieja escritora, no sabe qué contestar. Siempre duda (y por eso me gusta tanto). Su respuesta final me maravilla, Otro. Hoy me quedo con ella:
“¿En qué creo? Creo en esas ranas diminutas. No estoy segura en dónde estoy ahora mismo, en mi edad anciana (…) Pero el continente australiano, en donde yo vine al mundo chillando y pataleando, es real. El río y sus marismas son reales, las ranas son reales. Existen independientemente de que yo les hable a ustedes de ellas o no.
Es debido a la indiferencia de esas ranas diminutas hacia lo que yo crea, es debido a su indiferencia hacia mí que yo creo en ellas”

domingo, 4 de enero de 2009

la primera


Ocurrió hoy, hace apenas un par de horas.
Mi Otra y yo jugábamos con la pequeña Otra, tumbados en el suelo entre cojines. Yo me puse unos muñequitos en la cabeza y fingía estornudar para que los muñequitos cayeran.
La pequeña miraba aquello fascinada, y de pronto... su risa, su primera verdadera carcajada.
Lo repetí dos, cuatro, diez veces y cada vez volvia a reìr, ya no sólo con los ojos y con la sonrisa. Esta vez su risa alcanzaba nuestros oídos.
Y era un canto, una música, un trino.

Como siempre mis palabras son insuficientes y pobres, así que convoco a Miguel Hernández y su poesía de tierra.
Solo diré que mientras mi Otra lloraba y yo casi, deseaba con toda el alma que esta risa sea la primera de miles, que se le vuelva cotidiana como el amanecer, que haga nido en su boca.

"... Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en tus ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que mi alma al oírte
bata el espacio.

Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.

Es tu risa la espada
más victoriosa,
vencedor de las flores
y las alondras
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor..."

(Miguel Hernández)

viernes, 2 de enero de 2009

las huellas


"... a ti que me has creado
y eres mi tiempo junto y mi alegría,
a ti quiero decirte una palabra sola:
nacer,
ese es tu nombre"

(Luis Rosales)

Quedó atrás otro año, y en él aún están frescas las huellas que dejamos.
Para muchas personas cercanas y queridas fue un año doloroso, a veces cruel, que dejó heridas hondas.
Mi experiencia, Otro, ha sido diferente. No diré que fue un año de cambios, sería poco. Fue un año de transformación y de profundo aprendizaje.
Nada más importante que la llegada de la pequeña Otra, nada más luminoso.

Aprendí a hacer de mis brazos una cuna y de mi voz un arrullo.
Aprendí mucho sobre marcas y tipos de pañales... y sobre su contenido.
Aprendí cuánto se debe hervir una verdura para hacer papilla.
Aprendí que la leche materna es un agua dulce y tibia y en cambio la fórmula es casi siempre asquerosa.
Aprendí que muchos fabricantes de ropa para bebé nunca han tenido uno.
Aprendí a dormir a las diez de la noche y a despertar poco después de las siete de la mañana, incluyendo domingos y días festivos.
Aprendí cual es la temperatura ideal en su bañera.
Aprendí a hacer las tareas cotidianas con total sigilo, como una sombra.
Aprendí las modulaciones que distinguen diferentes tipos de llanto.
Aprendí a contar cuentos, hacer representaciones, gestos y bailables con el único fin de conseguir una sonrisa.
Aprendí a querer y a hacer parte de mis días a Wanda la ballena, Bartolo el mono habanero, el Pato sucio, la Mosca, el Mono Pastejé, Don Pimpirulando, la Burrita, los dos gatos que se suben a la luna, la osa Kalú, la conejita Miffy...
Aprendí que cada noche hay un cuento dentro de sus pestañas.
Aprendí que los elefantes hacen "Bralú... bralú"
Aprendí que mi dolor es nada comparado con el suyo.
Aprendí de nuevo a contemplar, a estar absorto, a llorar.
Aprendí a detener mi ayuda para que aprenda a girar sola.
Aprendí a abrazar con toda mi alma cuando toca la vacuna.
Aprendí que por más cerca que esté hay algo entre mis dos Otras que me es inaccesible.
Aprendí, en fin, que el corazón, ese músculo infatigable del tamaño del puño, puede hincharse, expandirse y ampliarse, hasta abarcar el infinito