Su muerte pasó casi inadvertida porque ocurrió el mismo día que la de Michael, ese selenita. No para mí.
Porque ella, a mis nueve o diez años fue el despertar del erotismo, las primeras fiebres, las primeras calenturas. Como muchos pubertos de mi edad, tenía un poster suyo en mi habitación. Su sonrisa radiante, su cabellera salvaje acompañaron mis primeros sueños sexuales.
Una tarde aburrida tuve una iluminación: en medio de una película aburridísima, llamada, creo, Saturno 3, por una fracción de segundo, tuve un atisbo de su pecho izquierdo desnudo. Fue suficiente para encenderme durante meses.
Hoy la recuerdo con ternura y con deseo. A Farrah Fawcett, mi primera novia.