lunes, 6 de julio de 2009

recuerdo


Su muerte pasó casi inadvertida porque ocurrió el mismo día que la de Michael, ese selenita. No para mí.
Porque ella, a mis nueve o diez años fue el despertar del erotismo, las primeras fiebres, las primeras calenturas. Como muchos pubertos de mi edad, tenía un poster suyo en mi habitación. Su sonrisa radiante, su cabellera salvaje acompañaron mis primeros sueños sexuales.
Una tarde aburrida tuve una iluminación: en medio de una película aburridísima, llamada, creo, Saturno 3, por una fracción de segundo, tuve un atisbo de su pecho izquierdo desnudo. Fue suficiente para encenderme durante meses.
Hoy la recuerdo con ternura y con deseo. A Farrah Fawcett, mi primera novia.

lunes, 18 de mayo de 2009

el tercer abuelo


A veces he pensado que yo tuve tres abuelos. Fausto e Ignacio, por supuesto. Tú el tercero.

Te leí por primera vez en la adolescencia y tu palabra me transformó, me abrió caminos. Tu palabra cargada de ternura y de indignación contra la injusticia me enseñó sobre mi propia ternura y mi propia indignación. Mi conciencia política -la poca que tengo- la aprendí de tí. Fuiste mi maestro.

Leí cada poema tuyo, cada cuento, cada novela, cada ensayo, cada obra de teatro. Alguna vez, hice una fila durante horas y luego te escuché bajo una lluvia torrencial afuera de Bellas Artes.
Es verdad que en los últimos años, no he podido conectarme con tu palabra, quizá siempre pasa así con nuestros mayores.
¿Cambié yo o cambiaste tú? Quizá yo me hice más complicado y tu te simplificaste demasiado. No importa. Al enterarme ayer que acababas de morir te agradecí en silencio.
Porque hasta donde sé fuiste un hombre congruente.
Porque aún hoy, cuando me da miedo vivir y elijo el camino fácil, cuando no me comprometo, resuenan en mí tus palabras: "No te quedes inmóvil / al borde del camino / no congeles el júbilo / no quieras con desgana / no te salves ahora / ni nunca / no te salves / no te llenes de calma..."
Y me prometo a mí mismo no salvarme.

Gracias de corazón, Maestro. Gracias Mario, abuelo.

lunes, 20 de abril de 2009

samadhi


Una paciente me cuenta su exploración por la llamada Sexualidad Sagrada.
Su pareja y ella, dice, hacen el amor durante horas. Él entra en trance y habla lenguas, recuerda que habían estado juntos en vidas pasadas. Alcanzan el Samadhi, es decir, un estado de conciencia donde se rompen barreras con lo material y se unen a la Divinidad.
Le sorprende mi poco interés por esas experiencias siendo yo sexólogo.
¿Cómo decirle que ya las he buscado? ¿Cómo decirle que hoy, lo que busco en la sexualidad es un encuentro real y sencillo con la persona que amo, de carne y hueso, en toda nuestra maravillosa pequeñez?
¿Cómo decirle que a través de la sexualidad ya alcancé mi particular Samadhi?
Mi Samadhi tiene casi 10 meses de edad, se enfermó hace poco y la cuidé, se duerme entre mis brazos, les están saliendo los dientes, imita a un león fiero, me acaricia la cabeza con manitas minúsculas. Y no creo que haya nada más alto y misterioso a lo que se pueda acceder a través de la sexualidad.

viernes, 27 de marzo de 2009

Lugares 3: Irapuato 86 y Alcantara 4

Es un cambio. Sólo eso.
Antes
vivíamos en tí
ahora
vives en nosotros.

lunes, 23 de marzo de 2009

la rafaga

Las 8:30 de la mañana. El metro a reventar.
Intento leer mientras me aferro al tubo para no caer.
Entonces, frente a mí, una mujer muy jóven, 19 o 20 años. En sus brazos una niña envuelta en cobijas y con un gorrito rosa.
Parece tener la misma edad que la pequeña Otra.
Son diferentes. La pequeña del metro es más redondita, con rasgos indígenas. ¡Pero sus ojos son tan parecidos! O quizá su manera de mirar el mundo queriendolo atrapar.
No puedo seguir leyendo. Es como si una ráfaga helada me alcanzara el corazón.
¿Cómo se llamará? ¿A qué huele? ¿Estará bien? ¿Tendrá lo que necesita? ¿Le han puesto sus vacunas? ¿Qué la hace llorar? ¿Es amada?

Y me doy cuenta que, a partir de ahora, hay cosas que cambiaron para siempre.

jueves, 19 de marzo de 2009

ayer


Oí sus suaves ruiditos y me acerqué a la cama. La Pequeña Otra estaba despertando. Al mirarme se le iluminó la cara con una sonrisa. Aplaudió. Yo también. Luego estiró su manita y tomó la mía, la acercó a mi otra mano para pedirme que siguiera aplaudiendo.
Todo simple y cotidiano.
Menos mal que no es posible morirse de amor, de otro modo, no estaría aquí para contarlo.

miércoles, 18 de marzo de 2009

Jean Marie Delacroix


De nuevo la lección de Jean Marie.
Su conocimiento teórico rico, interesante y polémico.
Pero la lección, como siempre, está en otro lugar.
En la intensidad de su presencia, en su apertura a lo invisible, en sus silencios que esperan, en su risa ante las bromas simples, en su mirada atenta, en su total aceptación de la diferencia, en su deslumbrante y conmovedora sencillez.