martes, 9 de abril de 2013

José Luis Sampedro (1917-2013)

Autor de novelas que me acompañan siempre, por entrañables y profundas, José Luis Sampedro fue, además, economista y humanista que a sus 96 años era referente de los indignados en España, diciendo cosas como que... “Solo los ingenuos y algún premio Nobel de economía llegan a creer que nuestro mercado encarna la libertad de elegir, olvidando algo tan obvio como que sin dinero no es posible elegir nada”. Para mí, sin embargo, fue un escritor de literatura. Pocas novelas tan hermosas y sencillas como "La Sonrisa Etrusca", que desde hace años me gritaba el milagro de la paternidad; pocas tan hondas y bastas como "La Vieja Sirena", que ocurre en la antigua Alejandría y donde el tema es el tiempo, el paso del tiempo hacia la muerte y el breve fulgor de la vida; pocas tan humanas y ciertas como "El Río que nos lleva" donde esos hombres del río se crecen como marea ante la presencia de una mujer. Murió el Domingo, dicen, como deseaba hacerlo: "Sólo quiero morir dulcemente, como muere un río en el mar”. Gracias por tanto, Don José Luis.

sábado, 30 de marzo de 2013

Más allá del tiempo.

"Y así, con un cincel translúcido, su muerte graba en mí una nueva: el que ha perdido un hijo siempre es mujer", dice David Grossman. No sé exactamente como llamar a su libro. ¿Novela? ¿Poema en prosa? Tampoco importa. Es sencillamente desgarrador. Un padre que acaba de perder a su hijo, emprende el camino para llegar allí, a ese lugar, imposible, donde habitan los muertos. Camina y camina. Recuerda. Busca. Hace preguntas que no tienen respuesta. Hace pocos años, Grossman (Jerusalén, 1954) perdió a su hijo en la eterna guerra contra Palestina. Este es el libro que escribió para atravesar por ese infierno. ¿Hay algo más aterrador? ¿Es posible salir cuerdo de una experiencia así? David Grossman lo hizo, y de un modo deslumbrante. Encuentra palabras para decir lo indecible y logra lo que yo creería imposible: hacer emerger la luz desde esa absoluta oscuridad.

martes, 19 de marzo de 2013

El origen

Opresiva y asfixiante, absolutamente pesimista es la novela de Thomas Bernhard. El adulto recuerda aquellos años de adolescencia en un internado nazi primero y en uno católico después. No hay diferencia para él, el edificio, incluso, es el mismo. El mismo salón donde cantaban loas a Hitler es luego la capilla donde cantan alabanzas a Jesucristo. No hay diferencia entre el director nazi sádico y el prefecto católico también sádico. No hay lugar para la esperanza. El suicidio es el pensamiento obsesivo, y todos, absolutamente todos, el sistema educativo, los adultos, la ciudad entera, son cómplices de la aniquilación de lo creativo, de lo sensible y de lo humano. La maestría de Bernhard consiste en construir una novela autobiografica en donde la forma es idéntica a lo contado: no hay espacios en las páginas, no hay puntos y aparte, no hay diálogos, no hay posibilidad de escapar. Al leer me siento atrapado y oprimido por renglones que a cada página se asemejan más a barrotes de una cárcel.

domingo, 10 de marzo de 2013

Regalo

...............No puedo mirarlo sin sonreír.

miércoles, 27 de febrero de 2013

En el Centro 3.

Merecido descanso después de la misión realizada. La Mascota es una vieja cantina ubicada en la zona brava del centro histórico. Esa clase de sitio por donde uno camina queriendo parecer muy tranquilo sin estarlo. Hay que atravesar por entre cientos de vendedores y reparadores de teléfonos que no tienen local y trabajan en la calle, sentados en bancos altos o de pie, cazando clientes. La calle de Las Viscaínas se convierte en Mesones, y allí se encuentra La Mascota. Pequeña, llena de ruido y vida. La rockola pasa de 'Te voy cambiar de nombre' a 'La puerta negra' a 'Yerbero moderno'; los meseros te tratan como si te conocieran; en una esquina, una mesa con jóvenes burgueses-alternativos (que quizá es la misma denominación donde cabría yo) que tienen pinta de venir de la Roma, de la Condesa o de Coyoacán; la botana generosísima: pancita, tostada de tinga, manitas de puerco en salsa verde, cola de res en adobo...; por allá el señor que lee el 'Esto', más acá el vendedor de lotería; y en todos lados, esa dulce sensación de lejanía a la que el ron me conduce poco a poco.

martes, 26 de febrero de 2013

En el Centro. Parte 2

La parte más complicada de la misión: conseguir una película porno-feminista, si es que eso existe. El único lugar donde algo así puede encontrarse es Sex Capital, un enorme espacio de tres pisos que en su momento pretendió ser el paraíso del sexo en México (un lugar con tiendas, cines, espectáculos y bares XXX) y que hoy no es sino un lugar cochambroso, semi-vacío y venido a menos. Me sumerjo en ese extraño mundo de juguetes, películas, lencería, cabinas. A cada paso hay dependientas que me invitan a pasar a sus locales con voz seductora. Pregunto una y otra vez por películas porno dirigidas por mujeres y con enfoque femenino. Sólo una chica intenta ayudarme, el resto de los vendedores, sin dejar de masticar su torta o su tamal, me mira como a un bicho raro. Curioso: rodeados de películas porno hetero, gay, trans, de pies, de maduras, de enanos, de gordos, de animales, parodias porno de Harry Potter, de la familia Monster, de... si preguntas por películas con enfoque femenino, los vendedores te miran con sospecha y reprobación, como si estuvieras pidiendo algo realmente obsceno.

En el Centro. Parte 1

Voy al centro de la Ciudad de México con tres objetivos: conseguir refacciones para una rasuradora vieja, encontrar una película porno-feminista y comer en La Mascota, una de las cantinas más tradicionales del rumbo. Por partes, Otro. Si buscas refacciones para una rasuradora eléctrica vieja no hay otro lugar: hay que ir al centro. Allí, en la calle Artículo 123 te encuentras el pequeño local de 'Carrillo Alonso, el Amo de las Rasuradoras'. Así se llama, no miento. Y allí es posible encontrar todo si es que aún existe. Después de buscar un rato, el hombre viejo de pelo y bigotito blanco que me atiende encuentra por fin la pieza que necesito. Mientras como unos churros en El Moro, me pregunto si acaso sería él, si habré estado sin saberlo, ni más ni menos que frente a Carrillo Alonso, el Amo de las Rasuradoras. Vaya honor.