viernes, 8 de noviembre de 2013
El fondo del cielo
"Y está claro que en la calma resignada y última de mis ojos descorazonados (que no son ojos, que no se llaman ojos), late y está, también, el deseo imposible, el sueño absurdo de que alguien, una noche de verano, con fuegos artificiales estrellando en el cielo, experimente una extraña sensación de sentirse observado desde tan lejos, y que mire hacia arriba y que, sin verme, me mire mirarlo por última vez".
¿Es una novela acerca de seres de otros mundos o sobre unos adolescentes tan solitarios que no les queda más remedio que imaginarse extraterrestres para alejarse de lo aburrido de sus vidas? ¿Es una novela de ciencia ficción o una extraña novela de amor? ¿Es una novela sobre el fin del mundo o sobre el fin de la inocencia? Puedo decir, eso sí, que la novela de Rodrigo Fresán es bellísima y rara, de una delicadeza poco común y que bajo una historia en la que conviven la caída de las torres gemelas, la guerra de Irak, científicos locos y planetas lejanos, hay siempre una profunda melancolía, esa que nos lleva a atesorar pequeños momentos a los cuales nos aferramos para seguir siendo quienes somos.
miércoles, 23 de octubre de 2013
Hijos de la Medianoche
Hay que ser un maestro como Salman Rushdie para acometer esa tarea imposible de hacer que en una novela quepa el mundo, o incluso, varios mundos. Al contarnos la historia de Saleem Sinai, ese pobre hombre con nariz de pepino, piernas chuecas, manchas en la cara, protuberancias en las sienes, calva prematura, sordo de una oreja, amputado de un dedo... nos cuenta la historia de toda su desmesurada familia, y al contarnos a su familia intenta narrarnos a la India entera, con toda su complejidad y sus rostros múltiples. Todo cabe allí: guerras y brujas, adivinos y traiciones, fantasmas y objetos; cabe también Pakistán y la política y las religiones y la historia y la gastronomía y la tradición y la novedad... No hay trampa, Otro, el protagonista lo advierte a mitad de la novela: "¿Quien soy yo? Mi respuesta: soy la suma total de todo lo que ocurrió antes que yo, de todo lo que he sido visto hecho, de todo-lo-que-me-ha-hecho. Soy todo el que, todo lo que cuyo ser-en-el-mundo me afectó, fue afectado por mí. Soy todo lo que sucede cuando me he ido que no hubiera sucedido si no hubiera venido. Y tampoco soy especialmente excepcional al respecto; cada 'yo', cada uno de los hoy seiscientos-millones-y-pico de nosotros contiene una multitud similar. Lo repito por última vez: para entenderme, tendrán que tragarse un mundo".
domingo, 13 de octubre de 2013
Museo memoria y Tolerancia
La primera vez que lo visité, Otro, fue para llevar a la Pequeña Otra a la sección infantil del museo. Hoy lo he vuelto a visitar, y la experiencia es tan intensa como dolorosa como conmovedora. ¿De qué podemos ser capaces los seres humanos? ¿Hasta dónde podemos llegar? Están las fotos impresionantes, los videos terribles, el subir a un vagón de tren que huele a humedad en donde es imposible no llenarse de imágenes; pero mi atención se queda en los objetos que silenciosamente aguardan tras las vitrinas: una gorra gris, un uniforme a rayas, una cuchara y un tenedor torcidos, brazaletes de tela, insignias, pasaportes con fotos de personas que me miran desde otro tiempo, un diminuto reloj, un pequeño vestido, tres zapatos infantiles (infantiles, infantiles). Objetos simples que podrían pasar desapercibidos. Éstos no, estos en particular fueron recogidos en el campo de concentración de Auschwitz, cada uno de estos objetos fue testigo del horror. Se me cierra la garganta, me cuesta respirar, por un momento no sé a qué aferrarme o en qué creer. Al salir me esperan mis Otras, la grande y la pequeña. Y me aferro a ellas, y tardo en volver a la luz del día.
martes, 1 de octubre de 2013
Caza de conejos LXXXVIII
—Lo nuestro es imposible —me dijo Laura—. Soy dueña de un castillo, estoy rodeada de joyas y sirvientes, mis dominios se extienden hasta donde puede alcanzar la vista, y más aún. Tú, en cambio, no eres más que un sucio y pobre conejo de los bosques.
Caza de conejos XCVIII
Amaestramos a un conejo y lo disfrazamos de oso bailarín. Se lo vendimos a un circo. Nos dieron mucho dinero, pases gratuitos para todas las funciones y una mujer gorda y barbuda que tenían repetida
sábado, 21 de septiembre de 2013
Debut
"Señoras y señores, niños y niñas -dijo el anunciador con voz engolada- con ustedes, el Rey Absoluto del Espectáculo, su Majestad: ¡El Circo!". Las luces se apagaron y empezó esa vieja magia. La Pequeña Otra no perdía ni el más mínimo detalle, absorta, boquiabierta, hipnotizada. Ese mundo de colores, irreal y hermoso entraba por sus ojos y anidaba en algún lugar bien dentro de ella. A media función, me pidió que me acercara para decirme algo al oído. Su voz pequeña y esa cosquilla de sus labios en mi oreja: "Cuando lleguemos a casa vamos a jugar al circo", me avisó.
Y yo, Otro, a través de sus ojos enormes, volvía a tener cinco años, volvía a estar en el circo por primera vez.
lunes, 16 de septiembre de 2013
flores en la cabeza
A la Pequeña Otra le dejaron hacer la historia de su familia, así que dibuja diferentes momentos familiares. Llega el momento de hacer la boda de sus papás y nos dibuja con trazos precisos, mirándonos uno a la otra. "¿De qué color eran sus vestidos?", pregunta. Blancos los dos, le respondo; así que nos pinta de blanco. "¿Qué más?", vuelve a preguntar. Le digo que mamá llevaba unas flores en el pelo. "¿Flores?", la cosa le parece extraña. Si, le digo, unas flores pequeñas en el pelo. Entonces dibuja sobre la cabeza de la mamá un gran cuadrado rojo. Yo no entiendo, así que pregunto: ¿y ese cuadro? La Pequeña Otra responde sin la menor duda: "Pues es la maceta".
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