viernes, 18 de abril de 2014

Don Gabriel.

Como casi todos, en algún momento de mi vida quedé deslumbrado con sus libros: Cien Años de Soledad, El Amor en los Tiempos del Cólera, El Otoño del Patriarca... luego, con los años, algo cambió: lo imitaron tantos, tantas veces, que en sus últimos libros me pareció que también se imitaba a sí mismo. Su prosa era casi bíblica; podía tener la exuberancia de Cien años... o la melancolía de El Coronel No tiene Quién le Escriba. Una generación completa de escritores latinoamericanos escribieron tratando de alejarse lo más posible de él y de su prosa; lo que a su modo parricida es, sin duda, un hermoso homenaje. Yo guardo dos imágenes de él: la primera en una feria del libro en el zócalo de la ciudad donde habíamos cientos de personas haciendo una interminable fila para que nos dedicara un libro. Creo recordar que ya estaba enfermo. Durante horas, aquel escritor consagrado y mítico estuvo allí, garabateando en las páginas de aquellos libros: y hasta donde pude ver, a cada persona que se acercó le regaló una sonrisa. El otro recuerdo es de hace poco, en la librería Rosario Castellanos: estaba allí comprando libros infantiles para sus nietos cuando me lo encontré de frente; me pareció que lo mejor que podía hacer para él, era dejarlo en paz, así que le sonreí y saludé con una leve inclinación de cabeza. Creo que me lo agradeció. Me quedo con esas imágenes y con el milagro que fueron sus libros en mi adolescencia. Murió ayer en mi ciudad, la que eligió como suya, a los 87 años. Gracias por todo, Don Gabriel.

viernes, 28 de marzo de 2014

Desprenderse.

La Pequeña Otra crece, se transforma. Y al hacerlo adquiere cosas nuevas y se desprende de otras. Esta vez fue un diente. ¿De cuántas cosas y recuerdos y costumbres y creencias y sueños y alas y miedos se irá despojando día a día, año a año? ¿Qué plumas caerán para que nazcan unas nuevas? Es al mismo tiempo hermoso y triste. Por lo pronto, un ratón visitó nuestra casa y dejó algunas monedas a cambio de ese pequeño pedacito de pasado.

viernes, 28 de febrero de 2014

La Casa de Hojas.

Una casa que es más grande por dentro que por fuera. Un día, sus habitantes descubren que apareció un pasillo que no estaba antes. Y allí dentro, la total oscuridad y el frío, un laberinto que se modifica según quien lo mira y que a veces parece infinito; donde las brújulas no sirven. El abismo que acecha, una especie de gruñido que lo llena todo. Un vacío donde es posible perderse o enloquecer. Inquietante siempre, a veces aterradora la novela de Mark Z. Danielewski es extraña y diferente. Lo más sorprendente no es la historia, aunque la historia atrapa, sino la forma de contarla: párrafos que se enredan o se empequeñecen, que se angostan a medida que los personajes entran en un túnel, que te obligan a leer en todas direcciones, que se alargan y se rompen de repente. Muchas veces me siento desorientado, con sensaciones físicas extrañas. El libro, sus páginas son también el laberinto. "Y luego, para bien o para mal, os revolveréis, incapaces de resistir, aunque seguiréis intentándolo, luchando con todo lo que tengáis para no afrontar lo que más teméis, lo que es ahora, lo que será, lo que siempre ha venido antes, la criatura que soís en realidad, la criatura que somos todos, enterrada en esa negrura sin nombre que es un nombre. Y luego empezarán las pesadillas".

domingo, 2 de febrero de 2014

Philip Saymore Hoffman (1967-2014)

Poderoso, tierno, múltiple Philip.

domingo, 26 de enero de 2014

José Emilio Pacheco (1939-2014)

Poeta lúcido, de inteligencia afilada, siempre crítico y preciso. Casi siempre breve y deslumbrante. Sus palabras eran de esas que se te quedan adentro, Otro, y las vas rumiando de a poco, y te hacen entender y ampliar el horizonte y ver lo que no habías visto. Murió hoy, a los 74 años. Con los tiempos que corren y los poetas muriéndose, carajo.

Extranjeros

"Si te molestan por su acento o atuendo,/ por sus términos raros para nombrar/ lo que tú llamas con distintas palabras,/ emprende un viaje,/ no a otro país (ni siquiera hace falta):/ a la ciudad más próxima./ Verás como tú también eres extranjero". (José Emilio Pacheco)

miércoles, 15 de enero de 2014

Juan

Alguna vez estreché su mano con el corazón agitándose en mi pecho. Miré sus ojos en donde se mezclaban la tristeza y la rabia. Quizá no hay un poeta al que admire más, al que sienta más entrañable. Luchó contra la dictadura, escribió una poesía luminosa, desgarradora, terrible y tierna. Cuando el lenguaje no le alcanzaba se inventaba uno. Leo sus palabras una y otra vez y siempre hay algo inédito, aunque las haya leído cien veces. Murió ayer, en esta ciudad, y desde que lo supe me anda una tristeza calladita y una gratitud que no se acaba. Adiós y gracias, gracias, gracias Juan Gelman.