jueves, 7 de agosto de 2014
Requiem
Un día busqué mi cantina para comer la deliciosa paella de los sábados... y no estaba allí. La puerta cerrada y un ominoso letrero de "Se renta" ensuciaban su fachada. Unos días después vi la puerta abierta y me acerqué a preguntar. Me encontré a unos trabajadores destruyéndola a punta de mazo. Nada quedaba ya de mi cantina: ni las columnas, ni la barra donde los señores jugaban cubilete entre risas broncas, ni las televisiones donde tantos partidos de futbol, ni los barcos de madera polvosos. Nada, pero sobre todo, nadie. Porque esos trabajadores que profanaban el lugar eran nadie. Faltaban todos: el cocinero calvo que hacía magia en la paellera y que me dio la receta de la salsa ranchera; Rubén, el capitán de copete brillante que preparaba la mejor carne tártara del mundo; los meseros, y sobre todo, los parroquianos de siempre. ¿Qué será de ellos? ¿Dónde se reunirán? El siempre-triste ante su inacabada copa de vino, el doctor de suaves movimientos, el señor chueco que me regalaba aguacates, el hombre amable y de lentes que me preguntaba por el libro que leía... y los demás, todos ellos. Y es que una cantina es mucho más que el espacio que ocupa. Es sobre todo la gente que come, bebe, habla, ríe allí; es las historias que allí se cuentan; es el complejo entramado de relaciones y vínculos que de algún modo te hacen sentir parte de algo. Extraño mi cantina, extraño su comida y especialmente extraño a los hombres, casi todos mayores, que se reunían allí como feligreses de ese rito hermoso que, cada vez menos pero aún, se celebra en las cantinas.
domingo, 20 de julio de 2014
arcoíris
¿Cuando fue la última vez que viste un arcoíris, Otro? Para mí, habían pasado años. Muchos. Ni siquiera recuerdo cuántos. Es algo en lo que dejé de pensar. Hasta hace algunas semanas, cuando la pequeña Otra empezó a preguntar por esa especie de milagro. Una y otra pregunta: ¿Cómo son? ¿De qué tamaño? ¿Cuando vimos el último? ¿Cuándo vería uno ella? De pronto, el arcoíris se convirtió en una constante inquietud. ¿Cuántos años tendré cuando al fin vea uno? Hoy, hace pocas horas, volviendo a casa, a un par de cuadras de llegar, justo ante nuestros ojos, bellísimo, deslumbrante, un arcoíris doble mostrándose en toda su intensidad. La pequeña Otra brincaba de alegría mientras sus ojos se llenaban de ese misterio. Luego de mucho tiempo, estuvo allí, puntualísimo. Como si el deseo, la pura fuerza del deseo, lo hubiera convocado.
sábado, 19 de julio de 2014
miércoles, 25 de junio de 2014
Desde ayer... 6
Suave e intensa. Tímida y valiente. Seria y loca. Siempre sensible, curiosa, tierna. Bella. Y desde ayer, con seis años.
domingo, 15 de junio de 2014
Oscuro
Y entonces, la oscuridad, el dolor de vivir en un país donde esto ocurre, el miedo de sentir de cerca las fauces del monstruo. Y la injusticia, y la impunidad, y una oración al Misterio para que los amigos dejen de sufrir y al fin vuelva la luz.
domingo, 25 de mayo de 2014
A mano.
A veces ocurre: se apagan las luces, se alza el telón y allí, ante nuestros ojos, el milagro. Eso, justo así, al contemplar A Mano, una obra de la compañía El Patio, de Logroño, España. Un escenario pequeñísimo (cabe en una mesa) basta para contar una historia que es también la mía, la de todos. Dos personajes hechos con una bola de barro y una tacita son suficientes para hablar de la soledad, el deseo de ser mirado, el amor, la libertad, la ausencia... ¿Teatro infantil? ¿Teatro de títeres? Teatro en toda su profundidad y belleza. Izaskun y Julián, creadores y actores son una especie de ángeles capaces de acariciarnos el alma con sus pequeños seres. Una obra llena de la delicadeza, la poesía, el humor y la sutileza que tanto se extraña en el teatro para niños. La historia de un muñequito de barro que quiere salir del escaparate, que intenta, que no puede. Pero ¿Quien no es un muñequito de barro?
domingo, 11 de mayo de 2014
Héroe de verdad.
Tulancingo, Hidalgo. Alguna mañana calurosa y aburrida. De pronto, los gritos que advierten: "¡El Santo! ¡Viene El Santo!" Y es cierto: se escucha el sonido de un motor y unos instantes después aparece el convertible plateado del luchador, su máscara brillando bajo el sol y su enorme capa lanzando destellos. Los niños salen de sus casas, corren tras el auto, aplauden y vitorean. No es una fantasía. Me lo contó alguien que lo vivió directamente. Él era muy joven y sus padres eran amigos -compadres- del Enmascarado de Plata. De vez en cuando los visitaba en su pequeña ciudad. Toda la familia sabía la verdadera identidad del luchador, pero la guardaban en absoluto secreto. Al Santo le gustaba hacer ese regalo a los niños del lugar. Yo me lo imagino parando en algún lugar cercano -¿una gasolinera?- para dejar de ser un hombre cualquiera y transformarse en La Leyenda. Imagino los ojos de los niños y la sonrisa bajo la máscara. Imagino el polvo que dejaba el coche mientras se perdía en la lejanía. ¡El Santo, chingao!
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