domingo, 3 de mayo de 2015
El Navegante Dormido.
De nuevo, Abilio Estévez. Su prosa llena de olores, sabores, texturas y sonidos. Una familia cubana, a la orilla del mar, esperando la llegada de un ciclón. Bisabuelos, abuelos, padres y nietos, cada uno con su historia; cada historia llena de vida. La nostalgia por la Cuba que se fue, el compromiso con la Cuba actual, los jóvenes hartos de esas dos Cubas, con la mirada puesta en el Norte. Exuberante, viva, conmovedora.
sábado, 2 de mayo de 2015
La Veritá.
La mezcla, el caos, lo grande y lo pequeño, lo sublime y lo absurdo, lo delicado y lo torpe. Algo así es La Veritá, el hermoso espectáculo escrito y dirigido por Daniele Finzi. Mientras me conmuevo, surge algo asombroso; mientras me asombro, algo me provoca risa; antes de acabar de reír, surge una música bellísima; junto a la música, lo onírico. No sé hacia dónde mirar ni qué sentir. Una reunión de amigos, una mujer en un trapecio, hombres en tutú con rostros de Dalí, dientes de león, una lluvia de corchos, seres con cabeza de rinoceronte que tocan el piano, un coleccionista en escafandra, una chica que escupe caramelos. La belleza, la ternura, la risa, el asombro, la extrañeza... todo a la vez, todo mezclado. ¿Pero no es así la vida?
sábado, 18 de abril de 2015
La canción del mar.
Bellísima, sutil y llena de melancolía. Mi Otra, la Pequeña Otra y yo, la miramos conmovidos. Al final, aplaudimos y nos abrazamos con un triple nudo en la garganta.
Timbuktu.
... O de cuando una película se te mete en el corazón y en la conciencia. La perturbadora belleza de sus paisajes, de su luz, de su música, de su gente. La conmovedora dignidad con que esos hombres y mujeres se resisten a la violencia de la sinrazón y el dogmatismo. Se me quedan adentro esas imágenes: la mujer condenada a ochenta azotes por cantar y que vuelve a cantar mientras la azotan, el soldado que danza a escondidas, el grupo de muchachos que juegan un partido de futbol sin pelota. La belleza de resistir a pesar de todo.
martes, 14 de abril de 2015
Eduardo Galeano (1940-2015)
Mejor tus palabras que las mías, Eduardo: "Cuando es verdadera, cuando nace de la necesidad de decir, a la voz humana no hay quien la pare. Si le niegan la boca, ella habla por las manos, o por los ojos, o por los poros, o por donde sea. Porque todos, toditos, tenemos algo que decir a los demás, alguna cosa que merece ser por los demás celebrada o perdonada".
Günter Grass (1927-2015)
Polémico, controversial, a veces incómodo. Pero quien escribe siempre corre ese riesgo; se podrá objetar mucho de su vida ¿con razón? No lo sé. Y sin embargo, ¿quién que haya leído El Tambor de Hojalata, esa novela que aspira a contar el mundo, puede olvidar al pequeño Oscar que se niega a crecer, que rompe cristales con su grito, que toca su tambor y que se esconde bajo las infinitas faldas de su abuela en aquel campo de papas?
viernes, 3 de abril de 2015
"Tú eres mi tronco".
La Pequeña Otra y yo explorábamos por el bosque cercano a la casa del Chico. Hacemos aventuras en las que tenemos que atravesar pruebas y obstáculos. Esta vez, había que subir una cuesta muy empinada para recoger unas plantas mágicas. Ayudados de unos bastones, subimos con mucha dificultad, resbalando una y otra vez. Celebramos cuando llegamos arriba, y solo entonces nos dimos cuenta que lo verdaderamente complicado sería bajar. Intentamos bajar sentados, arrastrándonos lentamente. Primero lo intenté yo, y de pronto, las hojas secas me hicieron resbalar por la pendiente sin poder agarrarme de nada, cada vez a más velocidad. Me detuvo el tronco de un árbol con el que choqué a medio camino. La Pequeña Otra seguía arriba. No se me ocurrió otra cosa que animarla a deslizarse como yo lo había hecho. Estaba asustada pero se arriesgó a hacerlo. Empezó a bajar lentamente y de pronto, como yo, se deslizó rápidamente y sin control. Yo la atrapé al pasar. Cuando bajamos, hablamos emocionados de nuestra aventura. "Menos mal que estaba ese tronco -le dije- si no, no sé como me hubiera detenido". "Sí -dijo mi pequeña como si tal cosa- y tú eres mi tronco". No puedo dejar de pensar en esas palabras, en el orgullo que me provocan, en la triste certeza de que un día -quiera el Misterio que falte mucho- dejaré de serlo.
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