
Todo.
Cada rincón, cada lugar, cada momento empieza a llenarse de su presencia. Poco a poco pero ininterrumpidamente abarca los lugares y las personas.
Cortázar escribió aquel magistral cuento: “Casa tomada”, en donde una presencia oscura invade la casa lentamente. Aquí lo mismo, pero se trata de una presencia luminosa.
Mira Otro, pasa por acá.
Aquí junto a los libros de Robine, de Calvino, de Gelman y de Octavio Paz, cerca de las novelas eróticas, ahora también está Miffy la conejita, la rana Ribbit y Manolito Gafotas. Y por acá, a un lado de Bach, de Keith Jarret y del son guajiro, van apareciendo el Grillito Cantor, los sapitos de la noche, la negrita Cucurumbé y Raúl de ojos tristes.
Y eso no es todo, ven, pasa por aquí: este era el cuarto de meditación. Si, justo aquí donde hay una cuna y muchos paquetes de pañales.
¿Te parece poco? Pues aún no termino. Asómate por acá: junto a esa botella de buen vino que está esperando una celebración hay dos mamilas lavadas. Y cerca de los grabados eróticos que me regaló mi Otra y las reproducciones de Klimt, pegaditos a nuestro altar, hay sonajas, cubitos de colores, el mono Agustín y Helena la avestruz.
Invadidos y sin escapatoria.
Entonces me encierro en el baño, único lugar de la casa que parece a salvo. Abro la llave de la regadera y espero que esté bien caliente. Me meto bajo su chorro renovador, cierro los ojos y canto.
Y entonces, mientras me seco con la toalla verde me doy cuenta que lo que tarareo desde hace rato es “El papá Elefante”, la canción de Cri-Crí.