lunes, 2 de noviembre de 2009

Pa


Mi Otra dejó de amamantar a la pequeña en este fin de semana. No ha sido fácil. La Pequeña Otra llora, se desespera a veces, pero comprende que su "Pa" (así le llama) no volverá más. Nosotros lloramos con ella.
Ayer, antes de dormir, preguntó por la "Pa". Le explicamos que ya no habrá, que ha crecido y no la necesita más. Yo le propuse que diéramos un aplauso a esa "Pa" que tanto disfrutó.
Nos miraba seria, y entendía.

Entonces dijo: "Pa", luego hizo ese gesto de resignación con sus pequeñas manos, con las palmas hacia arriba, es gesto que quiere decir: Se acabó. Ya no hay. Y finalmente, aplaudió. Así varias veces: "Pa", manitas diciendo No hay, aplauso.
Yo estaba colmado de amor o de dolor o de ternura o de tristeza o de una emoción desconocida que reúne todo eso.
Si, amor. Un aplauso.

Benditos sean esos pechos que alimentaron a mi pequeña, que la arrullaron y la consolaron durante mucho más de un año, día a día.
Benditos, porque gracias a su alquimia secreta mi pequeña ha crecido sana, fuerte, increiblemente sensible, bellísima.
Benditos sean esos pechos.
Benditos sean.

sábado, 31 de octubre de 2009

Vidas minúsculas


"Escribir es también bendecir una vida que no fue bendecida"
(Clarice Lispector)

Leo unos cuantos párrafos y vuelvo a buscar su rostro desamparado y de mirada honda en la solapa del libro. Se llama Pierre Michon y escribió una de las novelas más hermosas que haya leído. Su prosa duele de tan bella, pareciera que ha esculpido cada frase, cada palabra. Y además, usa esas palabras para contar lo más sencillo. Para nombrar a los que no tienen historia, a los prescindibles, a los pequeños.
Vidas Minúsculas, se llama su novela y es conmovedor como este autor prodigioso es capaz de mirar primero y narrar después, con ternura y a la vez con crueldad, esas vidas de las que él es el último testigo.

domingo, 4 de octubre de 2009

Si se calla el cantor, calla la vida.


"Que se levanten todas las banderas
cuando el cantor se plante con su grito
que mil guitarras desangren en la noche
una inmortal canción al infinito"

........................(Horacio Guarany)

Llegué al Zócalo y me senté en el suelo, frente al escenario. Esperé.
Sonaron las guitarras, los charangos, los bombos, las zampoñas, y apareció ella. Y entonces todo, absolutamente todo fue su voz.

Su Voz.

Nunca había escuchado a nadie con esa fuerza. Todos los que la escuchabamos éramos movidos como pequeños papelitos de colores por la fuerza de su voz y por cada movimiento de sus manos. La tierra, pensé conmovido, asombrado. La Pachamama.

Luchó contra la dictadura y cantó como nadie.
Murió hoy. Mercedes Sosa.

viernes, 25 de septiembre de 2009

Ofrenda Cuarta


La Pequeña Otra empieza a dar sus primeros pasos firmemente agarrada a la mano de mamá o de papá. "Mano", dice, y es un modo de pedir que la ayudemos a emprender el titubeante camino, pasito a paso. Desde esta novedad, va la cuarta de mis ofrendas.


Todos los caminos, hija, todos.
Los que vienen, los que van,
los intrincados,
los que te lleven donde no imagino,
los que consuelen a tus pies cansados,
los que te traigan hasta mí
y los que te alejen,
los que nadie nunca antes, los soñados,
y los comunes también, los más sencillos,
los que te ensucien de lodo los zapatos.

La arena húmeda, la hierba, los confines,
la cuerda floja, las orillas y los charcos,
cada sendero y cada laberinto,

la tierra entera para besar tus pasos.

sábado, 19 de septiembre de 2009

Quien lo dijera


La Pequeña Otra entró a la escuela y nos dejó con el corazón adolorido.
¡Nos preocupaba tanto su desamparo! Que se sintiera sola, que no entendiera. Pensamos mucho cómo estaría sin nosotros.
Los días han pasado y poco a poco empieza a estar mejor con este cambio. Parece incluso, que disfruta.

Lo que no había previsto, lo que no se me ocurrió imaginar es cómo estaría yo sin ella, cómo al estar ella en la escuela yo perdería de algún modo nuestros espacios íntimos, nuestros paseos por el parque, nuestros juegos exclusivos.
Y aquí estoy, solo en casa, esperando con impaciencia, con un algo de novio adolescente, que pase el tiempo y llegue el momento de ir por ella. Y darle la bienvenida y que me eche los brazos.

Quién lo dijera, carajo, yo el desamparado, yo a mis cuarenta años, necesitando tanto de su amparo.

Tres formas de la melancolía.


A veces, la lectura me depara coincidencias; me lleva, sin darme cuenta, por extrañas sincronías.
Hace algunas semanas, tomando de mi librero libros al azar, leí, una tras otra, tres novelas con un tema común e inesperado.
Tres libros muy distintos, pero con un algo semejante, pálido, triste:

Un hombre ama y pierde a dos mujeres profundamente unidas entre los lentos rituales de la ceremonia del té donde descubre que esos frágiles objetos permancerán cuando nosotros nos hayamos ido.

Un viejo escritor, en el ocaso de su vida, es deslumbrado por la absoluta belleza de un adolescente en una ciudad de antiguos palacios, de canales sucios, de constante neblina.

Una mujer cree encontrar a la madre que la abandonó hace muchos años y la sigue, silenciosamente, por las oscuras calles y el metro de París.

Mil Grullas, de Yasunari Kawabata; Muerte en Venecia, de Thomas Mann; Joyita, de Patrick Modiano. Tres formas de la melancolía.

sábado, 1 de agosto de 2009

el lugar


Hasta ayer, el pecho de mi Otra había sido infalible. Si la pequeña despierta en la madrugada, el pecho la calma y la duerme. Ayer no.

La pequeña Otra está enferma. Tiene una gripe más grande que ella.
Cuando despertó llorando le dieron pecho... pero su nariz estaba completamente tapada. Si mamaba no podía respirar. Intentamos varias veces y no hubo modo. Ella lloraba desconsolada. Su llanto se hizo grito, desesperación, furia. No había modo de consolarla. La cargaba uno, la abrazaba el otro. Su llanto, su grito no paraba. Y nada duele más que eso. Nada.

Entonces mi Otra la tomó en sus brazos, junto a su corazón, sentada sobre la cama, y yo abracé a mi Otra por la espalda, tan cerca como era posible, sosteniéndola.
Y fuimos juntos, los tres, a un lugar hondo, profundo. Un lugar extraño de extremos que se confunden. Un lugar muy oscuro pero resplandeciente, horriblemente hermoso. No encuentro modo de describirlo. Ese lugar sin nombre.
Pasó un tiempo que parecía eterno, hasta que poco a poco, bajó la furia, bajó el llanto y la pequeña se quedó dormida. Seguimos así un rato más, hechos bolita, hasta que la escuchamos respirar por la nariz.
Nunca, desde que tengo memoria (quizá antes si) estuve tan cerca de alguien, nunca tan unido.
Luego, llegó la luz del día.