viernes, 23 de abril de 2010

Saudade


Con perdón de mi Otra y de la pequeña Otra, debo confesar que me encuentro, una vez más, enamorado.
¿Qué se le va a hacer? Hay cosas que son más fuertes que yo.

Ella es una mezcla de ángel, trino, mujer y saudade.
Se llama Mariza, es portuguesa y canta fados.

Primero, escuche su canto. Y era la belleza. Luego vi su fotografía. Y era la belleza. Hace poco encontré unos videos de su concierto en Lisboa en el 2006.
Fue como si me tocara un alma que no sabía que tenía, pero que allí está.

Casi al final del concierto, cantando "O gente minha terra", una hermosísima canción, tiene que detenerse porque las lágrimas no la dejan seguir. Llora un largo rato. Luego, vuelve a cantar y entonces me doy cuenta de que yo también estoy llorando

sábado, 3 de abril de 2010

Aprendiendo a ver


Un león dando vueltas como Heidi.

Así como lo oyes Otro; eso que ves allí y que tiene la Pequeña Otra en sus manos es ni más ni menos que eso: un león que dá vueltas como Heidi.
Al menos eso dijo ella en cuanto lo vió, allá en El Chico, que es algo así como nuestro paraíso.
¿Aún no lo ves?... Yo tampoco. Pero sigo intentándolo.

jueves, 18 de marzo de 2010

Los Bárbaros


"Y cada vez que alguien se levanta para denunciar la miseria de cada transformación en concreto, dispensándose del deber de comprenderla, la muralla se yergue y nuestra ceguera se multiplica con la idolatría de una frontera que no existe, pero que nosotros nos jactamos de defender". (A. Baricco)

Allí están, al otro lado de la muralla: hordas de bárbaros asolando la civilización. Vienen a decir que no hay sentido allí donde lo encontrábamos, vienen a acabar con lo que creíamos nuestra identidad, vienen a imponer la rapidez, la superficialidad, el placer fácil; vienen a acabar con la sacralidad del alma. Ellos: los bárbaros.

Hasta que Baricco me ayuda a mirar de nuevo y descubro con asombro, con miedo, que la muralla que hemos levantado no nos defiende de los bárbaros, sino que los inventa; crea la ilusión de que nosotros no somos ellos. Sólo una ilusión, porque en el fondo, bárbaros y civilizados somos los mismos, soy yo y eres tú, Otro: somos todos.

Y me lanza una pregunta que sigo intentando contestar: "¿Qué hay en el mundo antiguo que queremos llevarnos hasta el mundo nuevo? ¿Qué queremos que se mantenga intacto incluso en la incertidumbre de un viaje oscuro? (...) Lo que se salve no será lo que pusimos a salvo del tiempo, sino lo que dejamos que mutara, para que se convirtiera, él mismo, en un tiempo nuevo".

Los Bárbaros: Ensayo sobre la Mutación. Alessandro Baricco. Ed. Anagrama

lunes, 15 de marzo de 2010

Miguel Delibes


La aparente simpleza (pocas cosas tan complejas como escribir con sencillez, pocas tan arduas como la transparencia).
Las palabras limpias y duras como piedras.
La raíz que se nutre de la oscuridad de la tierra, en su hondura.
La mirada a veces cruel.
Los retratos en sepia de la gente simple, de los pequeños, los últimos, los heridos.

Pienso en tres novelas suyas que me llevaron al silencio: "La Hoja Roja", "La Sombra del Ciprés es Alargada", "Los Santos Inocentes".

Murió hace tres días.
Gracias, Don Miguel.

sábado, 20 de febrero de 2010

¿A donde?


"¿A dónde van las palabras que no se quedaron?
¿adónde van las miradas que un día partieron?
(...)
¿acaso ruedan sobre los cristales, cual gotas de lluvia que quieren pasar?
¿acaso nunca vuelven a ser algo?
¿acaso se van?"
(Silvio Rodríguez)

La Pequeña Otra crece, le salen hojitas nuevas, flores pequeñas y deslumbrantes. Irradia luz, se vuelve caracolito, conejo saltarín, danza.
Y habla. Habla todo el tiempo. No para de hablar. Yo y mi Otra tratamos de traducir su lenguaje maravilloso. A veces lo conseguimos, a veces, no.

Su vocabulario se amplía y se pule. Para decir CINCO, antes decía "nino", ahora dice "cico". Para decir AMARILLO, antes decía "mino", ahora dice "malillo".
Es hermoso escuchar sus palabras nuevas, más claras cada vez. Pero ¿Y las otras? ¿Qué será de esas palabras 'mal dichas' que eran únicas en su voz?

De pronto hago conciencia de que no volveré a escucharla decir "nino" ni "mino" ni tantas otras palabritas con que intentaba decir el mundo. Palabras que se habían vuelto parte de la vida, dulces y pequeñas, imperfectas y hermosas. Siento un dolor desconocido, una nostalgia honda de esas palabras que se fueron para siempre para dar lugar a otras. ¿A donde van a dar las palabras que no vuelven a pronunciarse? ¿En que lugar mágico se guardan las palabras que mi hija inventó y no volverá a decir?

viernes, 15 de enero de 2010

pasos


"... la tierra entera para besar tus pasos"

El día doce intentó sus primeros pasos. Pocos, titubeantes, asustados.

No es fácil eso de alzarse sobre los dos pies sin una mano al alcance. Es una proeza de equilibrio, una prueba de valor, un desafío al miedo y a la gravedad, una afirmación con el cuerpo y el alma ante el llamado del mundo.

El día trece no había modo de parar a la Pequña Otra. Del baño a la recámara, de la televisión a la cocina. Caminó todo el día agarrándose la barriga, entre maravillada y temblorosa. Enorme y diminuta, hambrienta de vida, hermosísima.

jueves, 7 de enero de 2010

nublado y frío


A veces, como en estos días, la Pequeña Otra no me quiere.

No se de que otro modo decirlo. No quiere estar conmigo, no quiere que le ayude, me ignora cuando le pregunto algo, hace a un lado lo que le ofrezco.
Mi cabeza trata de entender razones. Mi corazón se nubla y se oscurece y se pone más invierno que nunca. Y entonces estoy triste todo el día, de malas, mis manos se vuelven torpes y tiro todo, me tropiezo con los muebles, me vuelvo intolerante.

Me acerco a ella con temor a que me rechace o me alejo, y eso sólo empeora las cosas.
La extraño. Y me duele, me duele, me duele.
Y me siento culpable de que me duela.

Pienso en el Dios absurdo del Antiguo Testamento, ese que tan mal me cae y que ordena a sus creaturas que lo amen sobre todas las cosas, pues de otro modo cometen pecado. ¿Cómo se puede amar a alguien porque te lo ordenan? ¡Vaya Dios inseguro y necesitado!
Pero en estos días, de pronto lo comprendo. Quisiera decirle a la Pequeña Otra: ¡Amame! ¡Es una orden!

Mientras tanto, el mundo gris, nublado y frío. O como el paisaje aquel del Principito, ¿recuerdas Otro?