¿Cómo decirte, Otro?
Imagina a un niño de segundo de primaria en un salón con los de quinto.
Más o menos así.
sábado, 29 de enero de 2011
sábado, 22 de enero de 2011
Primer Round

Primer día en un taller de escritura.
Con las manos temblorosas y la boca seca leo cinco páginas que me parecen relativamente bien escritas.
Pocos minutos después descubro que mi estilo es muy pobre, que estoy lleno de lugares comunes, que mis personajes son estereotipos sin voz propia a los que no dejo hablar; que soy rosa, plano, repetitivo...
Me levanté antes de que el réferi contara hasta diez.
Empiezo a estar listo para el segundo round.
lunes, 3 de enero de 2011
quedita
viernes, 17 de diciembre de 2010
Jerusalén
"En cualquier lugar, en cualquier momento, puedes oír: Tortura. Y te llaman.
Pueden convocarte para torturar o para ser torturado. Te eligen de modo aleatorio para que sufras.
Cuando dicen: Tortura, no sabes si te llaman para torturar o para ser torturado.
Después de oír esa palabra tienes que seguirlos. No hay tercera alternativa: ansiarás torturar".
¿No es absurdo suponer que existe una novela perfecta? Quizá lo es. Sin embargo, pocas veces he leído algo que se acerque tanto a ese imposible.
Varios personajes, solitarios, heridos, ¿locos? a quienes eso que llamamos destino o casualidad por no saber de qué otra forma llamarlo, los junta una noche, una madrugada desoladora cerca de una iglesia cerrada.
Cómo odié a Theodor y a Gomperz y su asquerosa, maligna racionalidad. Cuánto miedo de Hinnerk y sus ojeras de asesino. Cuánta ternura amarga, dolorosa ante Mylia y Ernest y su amor destartalado. Cuanta compasión ante Kaas, sus piernas flaquísimas, su lenguaje lastimado, su inocencia.
Hay un capítulo -solo diez páginas- que me horrorizó como si me asomara a un abismo insondable. Nunca había leído El Mal con tanta claridad.
¿Cómo hizo Gonçalo M. Tavares para escribir una novela así?
¿Cómo pudo hacer para mostrarme una oscuridad de vértigo y luego, desde ella, revelarme la luz?
martes, 30 de noviembre de 2010
El Mar
"Qué pequeño recipiente de tristeza somos, navegando en este apagado silencio a través de la oscuridad del otoño".
(John Banville)
Llega ella, poderosa, paciente, inverosímil como el mar. Y no vuelves a ser el mismo, nunca.
Llega, y lo que queda de ti, ya sin futuro, ¿dónde podría refugiarse sino en el pasado, ese tiempo frágil que nos salva -creemos que nos salva- de la incertidumbre?
LLega ella: la muerte. No la tuya (¡si al menos fuera eso!) sino la de la persona que amas. Y te abarca como el mar.
La hermosísima, delicada novela del irlandés John Banville me deja con un nudo en la garganta, con un sabor a nostalgia a la vez dulce y doloroso. Floto en ella -la novela-, luego me sumerjo hasta una profundidad en la que apenas llega la luz. Termino, abatido, a su orilla; húmedo, conmovido, tiritando.
"Y de hecho no había pasado nada, una memorable nada, tan sólo otro de esos grandes encogimientos de hombros con que el mundo manifiesta su indiferencia".
jueves, 11 de noviembre de 2010
Compañeros
Sobra decir para quien.
"Y yo te acompaño. Voy contigo. Hablamos.
No nos separa nada: ni distancia, ni sexos.
Vamos del brazo juntos, caminando
como dos compañeros.
A veces te detienes. Levantas la cabeza.
Miras, sin ver, el cielo.
Y es como una cascada
de luz sobre mis hombros tu silencio.
Sonríes contemplando
la inmensa soledad del campo abierto,
y dices algo hermoso
sobre el río, los álamos, el pueblo..."
(Susana March)
"Y yo te acompaño. Voy contigo. Hablamos.
No nos separa nada: ni distancia, ni sexos.
Vamos del brazo juntos, caminando
como dos compañeros.
A veces te detienes. Levantas la cabeza.
Miras, sin ver, el cielo.
Y es como una cascada
de luz sobre mis hombros tu silencio.
Sonríes contemplando
la inmensa soledad del campo abierto,
y dices algo hermoso
sobre el río, los álamos, el pueblo..."
(Susana March)
viernes, 5 de noviembre de 2010
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