
Algunas veces, Otro, he sentido envidia.
No muchas, es cierto. No es uno de mis pecados capitales más recurrentes. Y por supuesto, en este sitio no voy a platicar cuáles sí lo son.
Pero en estos días...
Apenas terminé una bellísima novela: "Dientes Blancos". Me conmovió, me hizo pensar, me hizo reír, me llenó de ternura.
Sigue en mí la imagen de la jamaiquina Carla bajando felinamente por las escaleras.
Recuerdo a Samad queriendo ser fiel a su Corán e intentando masturbarse sin usar las manos para pecar menos ante los ojos de Alá mientras se repite: "Más justo no puedo ser".
Me río de nuevo con la venganza de Alsana, que para enloquecer a su marido decidió dejarlo en una incertidumbre constante nunca respondiendo directamente a nada: "Tus pantuflas podrían estar en el ropero, aunque Alá sabe que también podrían estar en el baño".
Imagino a los mellizos Millat y Magid a quienes les suceden las mismas cosas aunque vivan en lados opuestos del mundo.
Amo un poco la sencillez y el cuerpo rotundo "bien surtido de piñas tropicales, mangos y guayabas" de la adolescente Irie.
Cada página habla de la diversidad, de la mezcla, de la increible fragilidad de las fronteras. Sus personajes son intensos, extremos, algo absurdos, pero curiosamente eso no los aleja de mí, sino que los hace más cercanos, más mis prójimos, más mis Otros.
Y acabo de enterarme de que la hermosísima autora, Zadie Smith, inglesa de madre jamaiquina, escribió ésta, su primera novela a los veinticuatro años.
Y entonces, Otro, lo confieso, siento envidia.