
Te confesaré algo, Otro. Casi ningún lugar me gusta tanto como las cantinas. No se de donde me viene esa atracción constante, pero basta que vea una para que desee entrar.
Ah, eso sí. Tiene que parecer cantina. Las mesas toscas con sus lugares para poner los vasos, el sonido del dominó y el cubilete, el fut en la tele, su barra grande y acogedora, los imprescindibles cacahuates, la botana generosa.
Hay en ellas un color especial que no existe en ningún otro lugar, algo entre desmadroso y eterno. Algo intemporal.
Cierro los ojos y vienen a mi memoria algunas. El Nivel, por supuesto, con su historia a cuestas y su acogedora sencillez que contrasta con la elegancia decadente de La Opera. El surrealismo polvoso de La Faena con sus toreros gays y su olor a orines, la pequeñez de la Puerta del Sol con sus nomás 130 años, El Gallo de Oro, por esos mismos rumbos. Y ya por otros lados, La Covadonga y sus viejos españoles, El Centenario de la Condesa –un oasis entre tanto lugar fresa-, La Guadalupana y sus aires de intelectual, El León de Oro, en la Escandón, La Reforma, y La Valenciana, tan cerca de casa, Los Caporales, en Querétaro, en el sótano de un billar, y cuyas paredes no tenían un solo espacio libre, llenas como estaban de antiguas bandejas de cerveza Superior, calendarios viejos y pequeños animales disecados, por no hablar de sus meseras. En ella, que olía tan mal me tomé unas cuantas con mi amigo Gerardo y hablamos de la vida, que es de lo que se habla en las cantinas. Y otras muy lejanas: el Zorba, en Cartagena, el Quitapesares en Sevilla, La Porrona en Granada y aquella pequeña en Ronda: El Lechuguita.
Las cantinas. Seguiría enumerando muchas más, Otro. Hay tantas. Pero ahora me retiro.
¡Me ha dado una sed!